1974: DE SEVILLA A AMSTERDAM: EL FRACASO DEL IMPERIO.
(Capítulo 4 de El Moderno Sistema Mundial, I, de Immanuel Wallerstein. Digitalizado a partir de la edición en castellano de Siglo XXI editores, 1979. Traducción de Antonio Resines)
(viene de pag. anterior)
Una vez más, la ventaja estructural de una economía-mundo sobre un imperio-mundo, como sistemas, se impone ante nosotros. Por ejemplo, H. G. Koenigsberger describe la incapacidad española para explotar su colonia siciliana atribuyéndola a la falta de una teoría política (76). Esto me parece poner el carro delante de los bueyes. España carecía de una teoría que fomentara el establecimiento de un monopolio comercial en Sicilia, porque, burocráticamente, estaba ya excesivamente dispersa como para explotar adecuadamente su imperio. Dedicaba principalmente su energía a mantener un imperio en las Américas, así como a guerrear en los Países Bajos y gobernar España. Para mantener su imperio en América tenía que invertir en una creciente burocracia que mantuviera bajo control a los colonos españoles y a sus aliados entre la nobleza india (77).
¿Podría haber funcionado el imperio español? Tal vez sí, si hubiera estado estructurado de diferente manera. Como dice Koenigsberger: "su debilidad fundamental era [...] la estrechez de su base impositiva. Castilla y la plata financiaban y defendían el imperio; los otros dominios eran en mayor o menor medida espectadores" (78). Ferrán Soldevilla documenta cómo los castellanos excluyeron del comercio hispano-americano incluso a un grupo tan "cercano" como los catalanes (79). Pero si hubiera estado estructurado de forma diferente, no habría sido un imperio, que es precisamente adonde queremos llegar. Si los catalanes hubieran sido incorporados a un Estado único, junto con los castellanos, cosa que no ocurrió, y si las ambiciones imperiales de Carlos V no hubieran desangrado a Castilla ni la hubieran llevado a inevitables conflictos de intereses con partes de su imperio, conflictos que eran autodestructivos (80), entonces España podría haber tenido realmente alguna oportunidad de convertirse en un Estado del centro de la economía-mundo europea. En lugar de ello, el exceso de extensión se limitó a agotar a Carlos V y a sus sucesores.
En 1556 el imperio se dividió. Carlos V abdicó. Felipe II de España, hijo de Carlos V, recibió los Países Bajos, pero las tierras de Europa central se convirtieron en territorios separados. En 1557, Felipe se declaró en bancarrota. En el conjunto España-Países Bajos, el centro de gravedad político se desplazó de nuevo a España cuando Felipe fue a vivir allí en 1559. A raíz de ello sobrevino la revolución de los Países Bajos (81), que terminó unos ochenta años después, tras muchos trabajos, idas y venidas, en la división del área entre las Provincias Unidas, al norte, independientes y calvinistas (más o menos los Países Bajos actuales) y los llamados Países bajos españoles, al sur, católicos (Más o menos la Bélgica contemporánea). Pero esta crisis no fue solamente una crisis española, o una crisis imperial de los Habsburgo. Fue un punto crucial en la evolución de la economía-mundo europea. Porque un elemento crucial en esa revolución fue la paz de Cateau-Cambrésis, firmada por España y Francia en 1559. Para comprender la importancia de ese tratado deberemos fijarnos primero en la otra aspirante al dominio imperial, Francia.
Ningún país ilustra mejor que Francia los dilemas de los Estados europeos occidentales en el "primer" siglo XVI. Por una parte probablemente no hubiera otro Estado europeo que emergiera de finales de la Edad Media con una monarquía comparativamente más fuerte (82). Hemos repasado ya en un capítulo previo las explicaciones de Bloch sobre las diferencias entre Francia, Inglaterra y Europa oriental en términos de los tipos de tenencia de la tierra tal y como emergieron en el siglo XVI, basados en las diferentes dinámicas de sus estructuras jurídicas en la Baja Edad Media. Mientras que el sistema inglés permitía, como vimos, una redefinición legal de la tenencia para satisfacer las nuevas necesidades de los terratenientes entre los siglos XIV y XVI, estas definiciones estaban más congeladas en Francia. Por lo tanto la nobleza tenía que ser políticamente más activa para conservar sus ventajas. Así, mientras que Bloch señala adecuadamente la "decadencia de la justicia señorial" (83) en Franca en el siglo XVI, también es cierto que, como señala Rushton Coulbourn, que la fortaleza política de la nobleza condujo a una estructura económica menos capacitada para maniobrar en la nueva economía-mundo (84).
Las consecuencias de que no se produjera en Francia, como en Inglaterra, una relativa fusión de la nobleza con la nueva gentry comerciante, fueron múltiples. De momento, concentrémonos en sus implicaciones para la política de los intereses comerciales era mayor en Inglaterra que en Francia. Como consecuencia, la política comercial francesa era mucho más abierta en la Baja Edad Media (85). El resultado final fue que, a pesar de tener una burocracia más poderosa, a principios del siglo XVI Francia había adquirido menos "poderes de dirección económica" (86) que Inglaterra. Las presiones del fiscalismo, en tal situación, empujaron al monarca francés a ambiciones imperiales, a fortiori dado que los Habsburgo también las tenían. Podía haber intentado una expansión ultramarina, como hizo España, pero le faltaba el respaldo del capital internacional, esto es, de capital del norte de Italia, para hacerlo (87). La alternativa era una expansión imperial en el seno de la propia Europa, dirigida precisamente contra el norte de Italia.
Francia tenía una red internacional competitiva de finanzas y comercio, con centro en Lyon. En la Alta Edad Media, las ferias de Champaña fueron durante un tiempo el gran punto de confluencia de los mercaderes del norte de Italia y de Flandes. Servían también como centro financiero internacional. Después, a finales del siglo XIII y principios del XIV comenzó su decadencia (88). En el siglo XV los monarcas franceses fomentaron con toda solicitud el crecimiento de Lyon (89), y favorecieron sus relaciones con Florencia (90), donde estaban los grandes banqueros de la época (91). Acumulando enormes cantidades de capital al principio del siglo XVI, tanto Lyon como Amberes "redujeron el poder de los financieros individuales dentro de unos límites tolerables [y así] se hizo posible reunir grandes masas de capital con tasas de interés moderadas..." (92). Lyon no fue un centro internacional como Amberes porque los reyes franceses intentaron simultáneamente convertirlo en "su arsenal financiero" (93). Tampoco llegó Lyon jamás a igualar a Amberes como centro comercial. En pocas palabras, ocupaba un segundo lugar.
No obstante, Francia lo intentó. Los imperios de los Habsburgo y los Valois fracasaron ambos, y se hundieron juntos. No sólo España, sino también Francia, se declaró en bancarrota en 1557. Los Habsburgo, no obstante, fueron los primeros, para subrayar su primacía incluso en la derrota. Los dos fracasos financieros llevaron muy rápidamente al cese de las luchas militares y al tratado de Cateau-Cambrésis de 1559, que había de cambiar durante cien años los términos de referencia política en Europa. Estas bancarrotas fueron por tanto algo más que un reajuste financiero. Todo un mundo se había venido abajo.
Lo que se vino abajo no fue meramente una particular estructura de Estado. Fue más que la trágica abdicación de la Carlos V, en medio de las lágrimas de sus caballeros. Lo que se vino abajo fue el sistema mundial. Durante cien años Europa había estafo disfrutando de prosperidad. Los hombres habían intentado beneficiarse de ella a la antigua. Pero los adelantos tecnológicos y la irrupción de elementos capitalistas habían progresado ya demasiado para que fuera posible recrear imperios políticos en correspondencia con las arenas económicas. El año 1557 señala, si se quiere, la derrota de tal intento, y el establecimiento de un equilibrio de poder en Europa que permitiría a los Estados que pretendían ser naciones (llamémoslos naciones-Estado) llegar a sus propios términos y progresar en la aún floreciente economía-mundo.
Las crisis son puntos de inflexión simbólicos. Como numerosos historiadores han señalado, muchas de las características organizativas del "primer" siglo XVI no desaparecen hasta mucho después: 1576, cuando la autoridad española se derrumba en los Países Bajos, o 1588, con la derrota de la armada Invencible, o 1598, con la paz de Vervins (y el Edicto de Nantes). No vale la pena discutir cuál es la fecha más adecuada, ya que un cambio de acento organizativo es siempre gradual, dado que los factores estructurales subyacentes se mueven como los glaciares.
Pero hubo desplazamiento, y vale la pena describir las implicaciones que tuvo para la economía-mundo europea. Empecemos con la descripción de R. H. Tawney del acento organizativo del "primer" siglo XVI:
En su organización económica, la maquinaria del comercio internacional había llegado a un grado de eficiencia que en nada era notablemente inferior al de tres siglos más tarde. Antes de que los más organizados entre los sistemas económicos de la época se vieran arruinados por la lucha entre España y los Países Bajos y por las guerras de religión en Francia, había tal vez de diez a doce casas comerciales cuyos mercados monetarios eran los generadores financieros del comercio europeo, y cuyas opiniones y política eran decisivas en la determinación de las condiciones financieras. En las ciudades de Flandes, Francia e Italia, donde se llegó a su cenit, y de las cuales Inglaterra era una alumna, la esencia de la organización financiera del siglo XVI era el internacionalismo, la libertad de todo capitalista para emprender cualquier transacción a su alcance, una unidad de la que era un síntoma el movimiento acorde de todos los principales mercados y un efecto la movilización de inmensos recursos en los puntos estratégicos de las finanzas internacionales. Su centro y símbolo era la bolsa de Amberes, con su significativo lema, "Ad usum mercatorum cujusque gentis ac linguae", donde, como dijo Guicciardini, podía oírse cualquier lenguaje de la tierra; o las ferias de Lyon, que formaban, según palabras de un veneciano, "la base de las transacciones pecuniarias de la totalidad de Italia y de una buena parte de España y los Países Bajos" (94).
Tawney dice que este sistema se vino abajo a causa de guerras ruinosas. Esto es cierto, pero la secuencia causal es excesivamente inmediata. Sugerimos en el último capítulo que la causa eficiente fue la inviabilidad de un sistema imperial dados los empujes económicos de la Europa del siglo XVI y sus limitaciones estructurales, esto es, el nivel relativamente bajo de productividad y la insuficiencia del marco burocrático frente a una economía en expansión basada en empresas de tamaño medio dispersas.
Un estrangulamiento crucial fueron las crecientes exigencias financieras de los aparatos de Estado imperiales y la consiguiente inflación del crédito público que condujo a las quiebras imperiales de mediados de siglo. Carlos V había recorrido los Estados y sus comerciantes como fuentes de financiación: Nápoles, Sicilia, Milán, Amberes, Castilla (95). La exposición clásica de este argumento fue hecha por Henri Hauser, quien argumentaba que la crisis financiera europea de 1559 "probablemente dificultó la evolución del capitalismo comercial e impulsó la transformación de la geografía económica" (96). Hauser sostiene que la guerra entre Francia y España que comenzó en 1557 tan sólo sometió a una tensión excesiva los créditos del Estado, llevó a incumplimientos de pago y forzó a ambos Estados a la apresurada paz de Cateau-Cambrésis en 1559.
Las consecuencias para el extenso imperio de los Habsburgo fueron grandes y condujeron directamente al comienzo de la decadencia de España (97). La crisis llevaría a una ruptura definitiva entre Amberes e Inglaterra, dejando a ésta libre para desarrollar su nueva y triunfal alianza económica con Amsterdam (98). En la propia Amberes, la prosperidad basada en el eje con España llegó a su término. "La bancarrota en 1557 de Felipe II trajo la ruptura que decidió finalmente el destino de Amberes" (99).
Por todo Flandes, la crisis llevaría a un refuerzo de las tendencias calvinistas, especialmente entre los trabajadores especializados. En 1567 los españoles mandaron al duque de Alba para reprimir la nueva agitación sociopolítica, pero esto simplemente tuvo como resultado a largo plazo un éxodo de los comerciantes y artesanos calvinistas a países protestantes (100). Y hacia 1585 sobrevino el hundimiento de la industria y el comercio de Flandes, que "quedaron estancados durante años" (101). La revuelta de los Países Bajos que combinaba la agitación política y social consiguiente a ese desastre, creó una base política viable en su mitad norte para su papel como centro del comercio mundial a partir de finales del siglo XVI (102).
La Alemania del sur también se vio duramente golpeada. Luzzatto señala que "el golpe más severo para ellos procedió en primer lugar de la insolvencia y después de la bancarrota de la Corona española, que se llevó por delante no sólo la totalidad de las fortunas de los Fugger, sino también las de la mayor parte de los grandes banqueros comerciantes del sur de Alemania" (103). Al empeorar económicamente la situación, los anteriormente aliados comerciales de las Alemania del sur y el norte de Italia empezaron a invadir sus respectivos territorios en una lucha competitiva en busca de negocios, lo que resultó una actividad mutuamente destructiva (104).
Las consecuencias políticas de este hundimiento para Alemania fueron enormes. Se vio recorrida por lo que Barraclough llama "el fermento revolucionario del protestantismo, que, en reacción frente a la declinación del imperio [...] era fuertemente nacional en su carácter" (105). Pero como ya hemos señalado, la vinculación de Carlos V con su imperio significaba que no podía apostar políticamente por la unificación de Alemania, en la misma medida en que no podía adoptar la perspectiva de un nacionalista español. El compromiso de cuius regio dividió en trincheras a los principados alemanes, minó a la burguesía alemana y anuló toda esperanza de unificación durante siglos. Alemania vendría a quedar dividida en gran medida entre un norte y noroeste luteranos, éste al menos económicamente situado en a periferia del este de Europa, y un sudoeste más rico y católico (incluyendo partes de Renania). Como dice A. J. P. Taylor "ambos desarrollos fueron un retroceso respecto a los florecientes días del Renacimiento, que habían abarcado toda Europa..." (106).
Incluso en el relativamente más rico sudoeste vendría a darse un retroceso en la industria artesanal del siglo XVII (107). Taylor puede exagerar la extensión de la propiedad y el liderazgo económico de Alemania a principios del siglo XVI, pero sin duda está en lo cierto al señalar el dramático hundimiento del naciente desarrollo económico (108).
El esfuerzo de Carlos V por dominar políticamente la economía-mundo repercutió por tanto negativamente en España y Alemania, en las ciudades de Flandes y del norte de Italia, y en las casas comerciales que ligaros sus destinos al imperio. La construcción de un imperio había parecido un intento razonable, incluso posible. Pero no lo era.
Ya hemos narrado en gran parte la historia de la empresa colonial española en las Américas. Sería mejor describir aquí simplemente la situación como un fenómeno interno del imperialismo español, para medir así el impacto de la decadencia hispánica en las Américas. España había establecido colonias en el caribe y parte del litoral que lo rodea (los actuales México, Guatemala y Colombia), así como en Perú y Chile. Estas colonias habían sido concebidas como complementos económicos no sólo de Europa como un todo, sino de España en particular (109). España carecía de la energía administrativa necesaria para crear una gran burocracia en las Américas. Recurrió por tanto al viejo expediente de los imperios, la cooptación de jefes locales al sistema políticos como agentes intermedios entre la Corona y los colonos españoles (110).
Notas:
(76) «Puesto que Sicilia era un antiguo reino establecido, que disfrutaba de relaciones comerciales tradicionales con sus vecinos, a los hombres de Estado españoles nunca se les ocurrió tratarla como a las colonias americanas. La ausencia de una teoría española desarrollada del imperio en Europa salvó a Sicilia del monopolio comercial que España impuso a los colonizadores en el Nuevo Mundo. A falta de una genuina coordinación de los recursos económicos, tal monopolio comercial habría sido la única forma en la que se podría haber manifestado un imperialismo económico español. Sicilia era incapaz de emanciparse de la tutela financiera de los banqueros genoveses y de su dependencia comercial e industrial de los industriales florentinos y venecianos; pero sus ciudadanos podían, al menos, vender la mayor parte de su trigo y su seda a quienes les podían suministrar bienes acabados.» H. G. Koenigsberger, The government of Sicily under Philip II of Spain, Londres, Staples Press, 1951, p. 143.
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(77) «A partir de la década de 1570 resultó evidente que las operaciones de la empresa privada y de la administración colonial tendrían que ser modificadas para refrenar la brutalidad incontrolada de los españoles y de sus aliados, los caciques de la nobleza amerindia a través de los cuales operaban para obtener tributos y mano de obrar Para la conservación, organización y manipulación eficientes de las comunidades indígenas era necesario urbanizarías, cristianizarlas e incorporarlas a la economía de Europa occidental». Stanley J. y Barbara H. Stein, The colonial heritage of Latin America, Londres y Nueva York, Oxford Univ. Press, 1970, p. 71.
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(78) H. G. Koenigsberger, «The European civil war», en The Hapsburgs and Europe, 1516-1670, lthaca (Nueva York), Cornell Univ. Press, 1971, página 257.
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(79) Véase Ferrán Soldevilla, «Barcelona demana a I'emperador Carles V l'autorització per a comerciar directament amb America (1522)», en Studi in onore di Amintore Fanfani, v, Evi moderno e contemporaneo, Milán, Dott. A. Giuffrè, 1962, pp. 638-641.
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(80) Por ejemplo, véase Malowist: «Cada perturbación del suministro de grano y madera de la costa del Báltico, es decir, especialmente de Polonia, ocasionaba un alza del costo de la vida en Holanda y las otras provincias de los Países Bajos, y paralizaba el comercio exterior de Holanda al impedir el intercambio de bienes con los países de la península Ibérica, con Bretaña y con Inglaterra. Así, los mercaderes de Amsterdam y de las ciudades vecinas intentaban mantener buenas relaciones con Gdansk y Polonia, y se opusieron enérgicamente a la política de Carlos V de hostilidad hacia Dinamarca durante la primera mitad del siglo XVI, política que causaba el cierre del Sund y consiguientemente hacía imposible el acceso al Báltico.» Economic History Review, XII, p. 185.
De forma similar, los comerciantes de Amberes se vieron afectados por los intentos de Carlos V de mantener un cociente oro/plata fijo, que produjeron en varias ocasiones salidas de oro de los Países Bajos a Francia. Véase Florence Edier, «The effects of the financial measures of Charles V on the commerce of Antwerp, 1539-1542», Revue Belge de Philologie et d'Histoire, XVI, 3-4, julio-diciembre de 1937, pp. 665-673.
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(81) Para una exposición de su contenido social, y un análisis de sus causas, véase J. W. Smit, «The Netherlands revolution», en Robert Forster y Jack P. Greene, comps., Preconditions of revolution in early modern Europe, Baltimore (Maryland), Johns Hopkins Press, 1970, pp. 19-54. El artículo contiene una buena y breve bibliografía.
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(82) «Es en Francia donde las bases para la monarquía absoluta estaban mejor echadas [...] En efecto, desde el fracaso de los Estados Generales de 1484 ninguna reivindicación de libertad, pública o privada, podía hacerse contra [la autoridad del] rey». Mousnier, Les XVIe et XVIIe siècles, página 100.
Véase Eli F. Hecksher: «Geográficamente [Francia], era ya en la primera mitad del siglo XVI un reino unificado y compacto, casi totalmente libre de enclaves y Estados soberanos superpuestos. Su monarca tenía, quizá, mayor poder sobre su país que ningún otro en Europa, y, finalmente, sus hombres de Estado habían seguido desde épocas tempranas una política económica consciente, en la que los peajes tenían un propósito definido que cumplir [...] La persistencia de formas feudales de organización sólo se manifestaba realmente en los portazgos en ríos y carreteras, péages [pedagia] pero, por añadidura, sobrevivían los portazgos de las ciudades; aquí, al igual que en otros países, como reliquias de la economía más o menos autónoma de la ciudad». Mercantilism, I, ed. rev., Londres, Allen & Unwin, 1955, pp. 78-79.
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(83) Bloch, Caractères originaux, I, p. 107.
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(84) «En el siglo XV, la nobleza [francesa] había mostrado la misma tendencia a fusionarse con los roturiers [plebeyos] que sus rivales en Inglaterra, pero en el siglo XVI el gobierno buscó deliberadamente detener esto, y lo logró por medio de las leyes que prohibían a los nobles el comercio y ciertas otras actividades Iucrativas. El problema era que en Francia, como en la mayor parte de los países continentales, la nobleza había conseguido inmunidad fiscal, y, si entraban en el comercio, conservaban consigo su inmunidad personal, y el Estado perdía parte de sus considerables nuevos ingresos [ ... ] [La] Corona en Francia temía demasiado a la nobleza para atreverse a privaría de su inmunidad». Rushton Coulbourn, «A comparative study of feudalism», tercera parte de Rushton Coulbourn, comp., Feudalism in history, p. 316.
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(85) «La principal intención [de Luis XI] era convertir nuevamente a Francia en lugar de encuentro de las rutas comerciales, a la luz de su convicción de que "las ferias y mercados enriquecen el país", y de que la riqueza aumentaría al "multiplicar" el tráfico y las mercancías dentro del reino [...]. En Francia, entonces, el apoyo del gobierno sólo tomó partido por los intereses comerciales nativos en una medida limitada, y no logró el establecimiento de estos intereses en una forma permanente organizadas Miller, Cambridge Economie History of Europe, III, páginas 334-335.
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(86) Ibid., p. 338. Joseph Strayer sostiene, de forma similar, que la fórmula francesa de mayor centralización de la administración enmascaraba una uniformidad de la ley mucho menor, y, por consiguiente, una posibilidad mucho menor de desarrollar una política económica nacional: «Para Francia, como para Inglaterra, las dos áreas esenciales de desarrollo eran la justicia y las finanzas. Pero los reyes franceses tenían que avanzar lentamente, y sus primeras instituciones eran mucho más simples y menos formalizadas que las de Inglaterra [...].
»[La] serie de anexiones [realizadas por Francia en los siglos XII y XIII] planteó serios problemas al gobierno francés. Las instituciones relativamente simples, que habían sido adecuadas para gobernar un pequeño dominio real, claramente tendrían que ser ampliadas y refinadas para tratar con la superficie y la población grandemente incrementadas que ahora estaban sujetas al rey. Las nuevas provincias tenían sus propias instituciones y costumbres, que eran a menudo más complejas y especializadas que las del gobierno real [...].
»La solución básica de estos problemas fue descubierta por Felipe Augusto (1180-1223), el rey que fue el verdadero fundador. del Estado francés. Permitió a cada provincia conservar sus propias costumbres e instituciones, pero envió hombres desde París vara ocupar todos los cargos provinciales importantes. Así, los tribunales normandos seguían imponiendo la ley normanda, pero los jueces no eran normandos sino agentes reales, en buena parte procedentes del antiguo dominio real. El orgullo provincial quedaba aplacado, mientras que el rey conseguía un control efectivo de sus nuevas posesiones [...].
»(Por contraste, el Estado inglés, con su insistencia en la uniformidad de instituciones y leyes, tuvo grandes problemas para asimilar regiones que tenían tradiciones políticas distintas, como los principados de Gales y los pequeños reinos de Irlanda). Pero el Estado francés emergente tendría que pagar un alto precio por su flexibilidad. Los dirigentes locales se preocupaban ante todo de la conservación de las costumbres y privilegios locales; desconfiaban del gobierno central tanto como el gobierno central desconfiaba de ellos. No se les podía emplear en gran medida en el trabajo de la administración local. De hecho, la regla básica de la administración francesa era que nadie podía ocupar un cargo en su provincia natal». On the medieval origins of the modern State, páginas 49-51.
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(87) «En los siglos XV y XVI Francia fracasó dos veces en los siete mares del mundo [...]. Fracasó en el siglo XV cuando los grandes descubrimientos se llevaron a cabo sin marinos franceses o casi sin ellos. Fracasó de nuevo en el siglo XVI [...] al rendirse en la lucha por las rutas, las islas, las costas y las ganancias del Atlántico, de África y América [...].
»La consideración dominante, ya antes incluso de la guerra de los Cien Años, había sido, desde que las galeras de Génova unieron con éxito el Mediterráneo y el mar del Norte, la exclusión de los grandes circuitos del comercio de las rutas transcontinentales y de la economía francesa. Las ferias de Champaña sólo duraron un tiempo. Ahora bien, sin tomar en consideración esta colaboración de la economía general, quiero decir, sin el apoyo de Venecia o Génova en el siglo XV, sin la complicidad del capital internacional italiano o nórdico, ¿cómo se puede explicar Lisboa o la toma de Ceuta, o esas raíces que los genoveses estaban estableciendo en Andalucía, o, mucho más tarde, el viaje de Magallanes? Detrás de la buena fortuna ibérica estaba este empuje de los siglos XIV y XV, esta complicidad del capitalismo internacional y de sus fuerzas motrices con Sevilla, Lisboa, más tarde Amberes, ciudades con destinos ligados, cuyos vínculos dejan a Francia al margen. Como culminación de todo esto [...] el drama de la guerra de los Cien Años lo empeoró todo. Lo empeoró, pero no creó una crisis que ya había sido iniciada por la revolución de las rutas comerciales». Fernand Braudel, «La double faillite "coloniale" de la France aux XVe et XVIe siècles», Annales ESC, IV, 4, octubre-diciembre de 1949, p. 454. Quizá no intervino sólo la falta de respaldo exterior. Braudel concluye: «La vocación colonial pone en cuestión toda la vida, toda la estructura de un país, hasta sus mismas entrañas. La Francia del siglo XVI [...] no está todavía tan profundamente abierta» (p. 456).
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(88) Robert-Henri Bauthier da la siguiente explicación. «En nuestra opinión, las causas de la decadencia y el declinar de las ferias de Champaña están ligadas a la transformación general de la economía occidental a finales del siglo XIII y comienzos del XIV. Se producen cambios importantes en dos áreas esenciales. 1, la industrialización italiana, y 2, la revolución de los metales preciosos [...].
»Desde el momento en que el principal propósito de las ferias de Champaña era proporcionar metálico para las compras italianas de pañerías francesas y flamencas, su decadencia se hizo inevitable, pues la pañería de todo el norte de Francia entró en idéntica crisis [...].
»La economía internacional se apoyaba tradicionalmente sobre la plata; a finales del siglo XIII el oro comenzó a representar un papel, y las repentinas variaciones de la proporción entre los dos metales desorganizaron por completo el equilibrio de las compañías cuya actividad dependía de las ventas de moneda y del cambio extranjero». «The fairs of Champagne», en Cameron, comp., Essays in French economic history, páginas 62-63.
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(89) Véase Ehrenberg, Capital and finance, pp. 281-306.
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(90) Véase ibid., pp. 202-220.
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(94) R. H. Tawney, "Introduction" a Thomas Wilson, A discourse upon usury, Londres, Bell & Sons, 1925, p. 62.
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(95) Braudel, Charles Quint et son temps, p. 199.
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(96) Henri Hauser, «The European financial crisis of 1559», Journal of European Business History, II, 2, febrero de 1930, p. 241. Para la descripción de la inflación de crédito, véanse pp. 242-250.
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(97) «Pero sería incapacitarse para comprender el estado de crisis latente desde principios del reinado de Felipe II, desconocer la desaceleración del ritmo inflacionista a partir del quinquenio 1560-1565. No es casual que la primera bancarrota del Estado se produjera ya en 1557, ni que el primer gran viraje de la política felipista se sitúe en 1568». Nadal, Hispania, XIX, p. 513. Nadal señala que, en contra de la afirmación de Hamilton de que el alza de los precios españoles culminó a fines del siglo, los datos muestran un mayor incremento entre 1501 y 1550 (107 por 100), que entre 1551 y 1600 (98 por 100). Véase ibid., pp. 511-512. ![]()
(98) «La crisis de 1557 ya había afectado de forma desastrosa la posición de Amberes en el campo de las finanzas públicas. Este declinar continuó en años posteriores. Bajo el impulso de Gresham la Corona inglesa escapó completamente de la tutela de Amberes en la década de los sesenta [...].
»Cuando en 1569 el embargo anglo-neerlandés condujo a una compleja ruptura, Inglaterra se sentía suficientemente fuerte para liberarse de la influencia comercial y financiera de Amberes. Su legado comercial lo recibió Hamburgo, y Londres el financiero. Ambas plazas se aseguraban un brillante futuro. Así Amberes perdió definitivamente la última base de su primera expansión». Van der Wee, The growth of the Antwerp market and the European economy, II, pp. 22, 238.
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(100) Véase ibid., pp. 232-236. Véase Parry: «La "furia española" de 1576 dañó gravemente a Amberes. El sitio de Parma y la captura de la ciudad en 1585 condujeron al traslado o a la quiebra de muchas casas comerciales, y al exilio -principalmente a Amsterdam- de millares de artesanos protestantes [...] El comercio marítimo que había manejado Amberes se desplazó a Amsterdam». Cambridge Economic History of Europa, IV, p. 169.
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(101) Van der Wee, The growth of the Antwerp market and the European economy, II, p. 183. Dos autores recientes afirman, sin embargo, que se ha exagerado la decadencia de Amberes, y que siguió siendo relativamente fuerte durante un largo tiempo. Véase Jan Craeybeckx, «Les industries d'exportation dans les villes flamandes au XVIe siècle, particulièrement à Gand et à Bruges», Studi in onore di Amintore Fanfani, IV, Evo moderno, Milán, Dott. A. Giuffrè, 1962, p. 415. No obstante, Craeybeckx admite que las nuevas empresas del Amberes posterior a 1585 «no pudieron impedir, por supuesto, el desplazamiento del centro de gravedad del comercio internacional hacia Amsterdam y Londres» (p. 416).
Jean A. van Houtte es incluso más tajante. Considera que el cuadro de la decadencia está «gravemente deformado». «Déclin et survivance d'Anvers (1150-1700)», Studi in onore di Amintore Fanfani, V, Evi moderno e contemporaneo, Milán, Dott. A. Giuffrè, 1962, p. 706. Señala que, si bien el bloqueo de tiempo de guerra dañó al comercio marítimo de Amberes, no afectó en cambio al comercio terrestre. Véase ibid., p. 720. Afirma que a lo largo del siglo XVII las clases comerciantes de Amberes seguirían siendo «de importancia no desdeñable» (p. 722).
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(102) Véase Verlinden en Charles Quint et son temps. Jaime Vicens Vives, en su discusión de la ponencia, sostiene que lo mismo es cierto para Cataluña. Véase ibid., p. 187. Véase J. W. Smit: «En resumen, no puede dejar de impresionarnos la situación socioeconómica como una condición previa de la revolución de los Países Bajos». Preconditions of revolution, p. 43.
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(103) Luzzatto, Storia economica, p. 151.
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(104) Véase Strauss, Nuremberg in the sixteenth century, p. 150.
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(105) Barraclough, Origins of modern Germany, p. 370.
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(106) Taylor, The course of German history, p. 20.
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(107) R. Ludloff describe así el proceso en Alemania: «En el siglo XVI, progresos técnicos y un decidido avance hacia la organización capitalista; en el siglo XVII una interrupción del proceso -debida en parte a las crecientes exacciones del poder feudal de los señores territoriales- y un regreso a los pequeños métodos de producción». «Industrial development in 16th-17th century Germany», Past and Present, 12, noviembre de 1957, página 58.
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(108) «Alemania era en esta época la clave del comercio europeo, y sus ciudades destacaban sobre todas las demás en prosperidad. De hecho, las monarquías nacionales surgieron en otros países más de la resistencia a la supremacía comercial alemana que de la resistencia al imperio [...].
»Toda la comunidad comerciante experimenta altibajos dependiendo del mercado mundial, pero ninguna comunidad comerciante de la Europa moderna ha experimentado nunca un desastre tan profundo y prolongado como el que sufrió la clase media alemana precisamente en el momento en que su poder financiero estaba en su apogeo y su consenso nacional plenamente afirmado; de hecho, precisamente en el momento en que podían haber esperado convertirse en la fuerza política dominante, como ya eran la fuerza económica dominante en la Europa central». Taylor, The course ot German history, pp. 17-18.
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(109) «Los colonizadores importaban de España los bienes que necesitaban para mantener su modo de vida español en un entorno americano. Desarrollaron, para pagar estas importaciones, una economía ganadera, plantadora y minera, productora de bienes para su venta en Europa, Para sus plantaciones necesitaban esclavos, y así crearon el mercado para todo un nuevo comercio con África occidental. Finalmente, a mediados de siglo tropezaron con las minas de plata más ricas del mundo, que les permitieron pagar aun más importaciones, y que alimentaron el comercio con Europa proporcionando el metálico necesario para la compra de productos orientales». Parry, Cambridge Economie History ot Europe, IV, p. 199. ![]()
(110) «Dentro de las diversas sociedades indígenas, el fin de la supremacía de las autoridades de tiempos precolombinos condujo, por una parte, a un crecimiento de los abusos de poder de los jefes tradicionales (caciques, curacas) sobre la masa de la población, y por otra, a una colaboración interesada de estos jefes con los colonizadores, especialmente los encomenderos [...].
»Al igual que Inglaterra, Francia, Bélgica, etc., en África o Asia en el siglo XIX, el Estado español en la América del siglo XVI reajustó las antiguas subdivisiones territoriales de las sociedades indígenas, desplazó los centros de población, y pretendió reconocer tan sólo a una jerarquía de jefes, investido y controlada por él. En el siglo XVI, como en el XIX, la autoridad colonial se vio llevada así a establecer compromisos, pero los jefes, tanto los tradicionales como los nuevos, eran en último término tan sólo sus instrumentos de recolección de impuestos». Charles Verlinden, «L'Etat et l'administration des communautés indigènes dans I'empire espagnol d'Amerique», International Congress of Historical Sciences (Estocolmo, 1960), Résumés des communícations, Gotemburgo, Almqvist & Wiksell, 1960, p. 133.
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